Crìticas
Drama
silencioso sin protagonista (Revista Vea Mas)
Por
haber perdido un brazo en la guerra de 1914, el pianista Wittgenstein pidió a
Ravel un concierto para piano, con solo la mano izquierda, y lo entreno en 1931.
A su turno, el escritor francés Georges Perec estreno en París ¨El aumento de
Sueldo¨, una pieza teatral sin personajes ni acción dramática, con apenas un
escenario que debe imaginar el espectador. ¿Asunto? El titulo indica lo
esencial. Lo demás queda por cuenta de quien presencia el desfile de
situaciones. Que pueden encadenarse en una empresa, donde un mísero empleado
tendrá la modesta aspiración de cobrar algo mas. Quizá nunca se intentado
lograr un resultado dramático con menos ingredientes. El espectador asiste,
expectante, y aunque jamás haya pasado por ellas, se sumerge en las peripecias
en que el antihéroe de la obra se ve envuelto.
Una
palpitación leve pero incesante gana si pausa a quien imagina lo que no ve,
como en un misterio religioso o policial. Lo mismo da, en esta obra de siete
personajes sin protagonista... salvo que seamos nosotros mismos, pobres
aspirantes a mejorar nuestro balance mensual sin saber como lograr el invisible
tesoro. A su manera, un concierto para zurdos.
En
esta obrita sin trampas ni golpes de escena, que a cada minuto lo envuelve a uno
como un pulpo o una pesadilla, en silencio y en calma, cada uno de nosotros
puede mirarse en un invisible espejo, temible imagen que no se ve pero se
siente, prodigio de la imaginación teatral.
Carlos
Mathus, que nunca teme lo mas arduo, desliza y suprime siete personajes contando
con nuestro propio empleado interior, que no vemos pero nos mira compasivamente
desde el espejo fantástico y cruel.
Todo
ocurre en el teatro Empire (Hipólito Yrigoyen 1934). Espectáculo no apto para
empresarios ni sus secretarias. Inconveniente para desocupados.
Por
Napoleón Cabrera
Asociación
Cronistas de Espectáculo
Siempre
es una fiesta ir al teatro Empire, joya del ¨Art-Deco¨ no debidamente
reconocida en nuestra castigada y sufrida Buenos Aires.
Las
tías viejas lo nombraban ¨Ampir¨, a la francesa; a su vez los locutores de
radio se empeñan en anglificarlo. Creo que la primera vez que fui, todavía la
calle se llamaba Victoria.
Fue
construido allá por 1934, unos años antes que el opera, con el que lo unen
algunas analogías, con perdón de las licencias.
Allí,
en el 1945, se representaba ¨La voz de la Tórtola¨, de John Van Druten, con Aída
Luz ( que continua espléndida y vigente), Esteban Serrador y Juanita Sujo. Y lo
hicieron dos años seguidos, pese a la argumentada mala ubicación del teatro: a
dos cuadras de Plaza Congreso...
Luego
se sucedieron otras glorias: ¨Mi querida Ruth¨, con otra sobresaliente actuación
de Aída luz y una deliciosa Susana Freire, ¨Living Room¨ de Graham Greene,
con Delia Garcés; otras temporadas con Gloria Guzmán, Amalia Bence, Alfredo
Alcón en ¨Un Sombrero Lleno de Lluvia¨, Los Campoy - Cibrian y tantos otros,
hoy pocos recordados, como Nèlida Franco, que hacia cosas tremebundas como ¨La
Machorra¨ o Sábado del Pecado¨ de larga trayectoria en la cartelera.
También
¨Celos¨, con Nedda Francy y el chileno Alejandro Flores, que luego la llevara
con Elsa O`Connor a otra sala.
Vino
luego un periodo olvidable, para recuperarse después con la llegada de la
imperecedera ¨La Lección de Anatomía, con la eficacia actoral de Antonio
Leiva y la dirección de Carlos Mathus.
El
mismo Mathus que con su grupo TIM ahora nos aporta una soberbia e incisiva
mirada sobre ¨El aumento de sueldo¨ de Georges Perec, aprovecha el suntuoso
marco del ¨foyer¨ con sus mármoles y el mural de Dante Ortolani y el
arquitecto Montero, que evocan el origen ferroviario del edificio con algo del
monumentalismo italiano de los años 30.
Allí,
con la excusa de una conveción, se desencadena una serie de conductas dirigidas
por una solo motivación: un aumento de sueldo, que a la manera de la llegada al
¨Castillo¨ de Kafka, nunca se alcanza
Hay
una obstinada repetición de frases que van cambiando imperceptiblemente en el
transcurso del reclamo y una obsesiva respuesta de quien ejerce (momentáneamente)
su módica cuota de poder.
El
espectáculo se inicia con una sutil y brillante presentación de Ana Bergel,
excelente en un texto que por lo actual y sarcástico bien puede atribuirse al
director de la puesta.
Creo
que el texto de Perec arranca con la irrupción de los supuestos empleados
devenidos en actores.
Inmersos
en el juego del gato y el ratón se destaca Carla Alliegro, que une belleza e ímpetu
para ubicarse en la escalera empresarial; Arial Greco, impecable de lo suyo: un
funcionario con algún ¨master¨ en su pasado. Julián Diros dibuja con precisión
un egresado de la UBA jugando en un sube y baja empresarial. Perla Manzer, plena
de gracia en su ejecutiva muy dura que esconde una personalidad claudicante y
Pablo Cura, impecable en lo suyo: la versión joven de lo que fueron (tal vez)
quienes integran el coro de suplicantes. Y por ultimo, Paola Spico, dueña de
una comicidad fresca e innata, que en su personaje ¨La Rubéola¨ se desborda,
dando una lección de humor y de talento: Una revelacion.
El
todo esta dirigido y hasta orquestado en el manejo de unas voces inteligibles en
su tarea actoral, por Carlos Mathus, que agrega su mirada cáustica a un texto,
el de Perec, que no será de fácil acceso para quienes no agucen su
inteligencia ante las exigencias de una puesta en escena coherente y lucida,
enmarcada en una escenografìa de Emilio Maróttoli.
En
definitiva: Un espectáculo altamente recomendable y en un ámbito de Buenos
Aires recuperable para los que amamos y que queremos que no entre en el olvido y
la decadencia.
Jorge
Vimo
Revista “Happy Hour”
“...Irónica
y conmovedora...Realista y potente.....Brillante por su humanidad...Muy Buena.
¡ Hay que verla..!”
Juana
Patiño